martes, 9 de marzo de 2010

“MIMO”


Ya está en casa. Asiático de raza y cordobés de nacimiento, Mimo ha llegado a nuestra vida hace unos días. Tiene 5 meses y sus ojos color azul intenso parecen dos zafiros recién arrancados a las entrañas de la Tierra.

El aspecto de Mimo es inusual; de tan felino, es extremo y radical. Incluso siendo un cachorro, todo en él se define como un dibujo de líneas rectas y oblicuas, con suaves y estrechos ángulos de armoniosos contornos. Su pelo corto y delicado cubre su hermoso y ya musculado cuerpecillo. Una agradable sensación de suavidad y tersura se transmite a mis dedos cuando le acaricio.

Mas asustado que precavido, ha necesitado de unos días para explorar y conocer su nuevo entorno, para confiar en sus habitantes, por lo que se ha pasado los dos primeros días literalmente “a cubierto”, escondido detrás de las puertas, debajo de los muebles y de los sofás, y metido en cualquier hueco de armario. En este tiempo de toma contacto con su nueva realidad, ha descubierto un sitio que le gusta especialmente dentro de un ropero, sobre mis bufandas, que en un primer momento ha utilizado como escondrijo, y ahora, es su lugar preferido para descansar dormitando. Todos sabemos que cuando Mimo no esta “a la vista”, está en “su sitio”, “mi” armario que ahora también es suyo.

Los perros y los gatos, (pese a que se dice que los felinos no se desprenden nunca de su amor a la soledad), eligen al que va a ser su “amo”, aunque esta palabra no define con propiedad, en sentido estricto, la relación de un gato con su dueño. Pensamos que Mimo ya ha hecho la elección de quien será su referencia vital en el futuro, eligiéndome por algún motivo secreto que nunca adivinaremos. Me mira, me sigue, me busca, y con ese lenguaje tan especial que tienen los gatos, me hace saber que está tranquilo y feliz a mi lado ronroneando sin parar en cuanto le toco. Desde la primera noche que pasó en casa duerme sobre mi almohada, y entre sueños escucho su apacible y silenciosa respiración de cachorro en mi oído.

Mimo, como buen gato siamés, es un “hablador”, que reclama atención con un sordo y ronco maullido, mirándome fijamente a los ojos. Tiene una voz peculiar, ligeramente grave y persistente, que utiliza como modo de comunicación gatuna para demandar atención y cuando contesto a su reclamo se estira y se restriega suavemente contra mí con un suave ronroneo.

Después de que han pasado casi diez días desde su llegada a casa, ya controla el espacio y sobre todo los rincones. Se pasea tranquilamente por la casa, o irrumpe repentinamente dando saltos y carreras en el momento menos pensado. Es un cachorro muy vital que reparte su “jornada” entre el sueño feliz, comer varias veces al día, y gastar la energía que alberga su joven cuerpo, correteando y jugando con cualquier cosa susceptible de ser desplazada con sus pequeñas y esbeltas patas.

Mi hogar tras la triste despedida de mi querido gato Momo ha recobrado con Mimo, nuevamente el orden que le es propio, un poco caótico, (que creo también forma parte de mi carácter) en el que las cosas siempre están en su lugar, pero en un lugar ligeramente cambiante e imprevisible, un poco sorpresivo. Quizá por eso me gusta tanto vivir con seres “irracionales” como los perros o los gatos. Ellos aportan el sosiego y la calma que repentinamente rompen de modo inocente y sin pedir permiso. Interrumpen, incordian, incomodan, incluso, sin ningún rubor. Alteran y desbarajustan la rigidez de nuestros tiempos. No entienden de obligaciones, ni entienden que puedan ser molestos. No piden disculpas. No se sienten culpables. No ponen nunca en duda que les amas. Siempre te sonríen, a su manera; una manera que yo he aprendido a comprender.

He oído en numerosas ocasiones opiniones negativas acerca de los felinos domésticos. En general no tienen muy buena prensa. Se les define como traicioneros, peligrosos, egoístas, zalameros…, hasta el punto de que aun perviven fobias y supersticiones ridículamente absurdas. Bernard Shaw decía que “el hombre es civilizado en la medida que comprende a un gato”, y aunque suene un poco radical, en parte estoy de acuerdo con él.

El gato es el objeto y el sujeto de una pasión humana y como todas las pasiones, infunde en algunas personas inseguridad, desconfianza, temor. Es una pasión afirmada en la libertad y el respeto y ese es un territorio vedado a las almas acostumbradas a la mansedumbre. Muchos no se sienten cómodos. Yo si. No espero ni quiero su sumisión, se que a cambio tendré su fidelidad y su amor gatuno durante toda nuestra vida juntos.

El gato es el sonido de un violín y el perro es las notas de un piano.

Ambos son música. Ambos son la mágica naturaleza incrustada en nuestra vida, alejados de su medio, olvidados de lo que eran antes de ser sin nosotros. Hace tanto tiempo que nos elegimos mutuamente para compartir nuestro hogar, nuestros silencios, nuestras sonrisas; nuestras fatigas y nuestros trabajos. Nuestros amaneceres y nuestro sudor. También nuestras lágrimas y nuestra inspiración; que cuando llegamos a viejos, y la vida se nos escapa de las manos casi ya rugosa arcilla, para volver a la tierra, buscamos en nuestro recuerdo y allí les encontramos. Junto a nuestros seres mas queridos, nuestras mascotas más amadas. Rememoramos el nombre de nuestros perros, de nuestros gatos, sus miradas, y los momentos de nuestra vida en que nos acompañaron y, sentimos como desde el otro lado, nos sonríen, porque nunca dejaron de esperarnos.

Pero, para hacer ese último viaje, aun nos queda un largo camino que recorrer. Ahora es tiempo luz y de arcoiris para Mimo; de conocernos, de comprendernos, de divertirnos, y de amarnos. Nos queda un millón de instantes, un futuro benditamente incierto, juntos.

Bienvenido a casa, Mimo.

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